martes, 2 de octubre de 2012

Pepín y el Rey Pirata

-CAPÍTULO 2 -

Desde el barco se divisaba una montaña con forma de tortuga y que da origen al nombre de la isla, aunque a mi poco o nada me importan esas cosas, bastante jodido es ser gato rodeado de agua todo el día como para preocuparme por la forma de una roca en medio del mar.

En el primer bote que se arrió subió el capitán Roberts, yo salté tras el -al adoptarlo he optado por cuidar de el y de vigilar que nada le pase, soy un gato malandrín pero también tengo mi honor-. Tras de mi brincó la minina que se ha encaprichado del quatermaster, al que sigue a sol y sombra, también subieron el nostramo, un artillero y un par de marinos rudos que rápidamente se pusieron a remar dirección a la isla.

Al llegar a la orilla salté a tierra, por primera vez en mi vida, un día radiante del año 1607 d.p.r.C.*, fueron varias las jornadas que tardé en acostumbrarme a un firme que no se bamboleara mecido por las olas.

Bien es sabido que la Isla Tortuga es un nido de bucaneros, piratas, filibusteros y forajidos de la peor condición,  resumiendo, de las alimañas más detestables y peligrosas que surcan el mar caribe. La ciudad que allí se asienta, si es que esa aglomeración de barracones es  merecedora de ese nombre, tiene fama de inmunda, aunque nada más lejos de la realidad felina, un paraíso lleno de ratas y ratones esperando a saciar el apetito de este gato famélico.

El capitán se hospedó en una posada destartalada que olía a cerveza, vómitos y carne asada por ese orden, donde los gritos eran constantes y se saldaban con peleas esporádicas.
Y así fueron pasando los días, el capitán y la tripulación emborrachándose y acostándose con fulanas y yo zampando ratones y camelando gatitas por los tejados. Que más se podía pedir... 

*Después del primer ronroneo a Cristo.

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